Secretos de locura. El arte de Martín Ramírez
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Blog | El Ojo Voraz | Marina Álamo Bryan | 30.04.2010 | 0 Comentarios

La locura es una suerte de secreto a voces. En el caso de Martín Ramírez —artista mexicano hundido aún en el anonimato— el secreto se guardó entre líneas. Tras irse al “Norte” como brasero en 1925, la Gran Depresión lo sorprendió y fue arrestado como indigente en California en 1931 e internado en el manicomio DeWitt State Hospital por quince años. Diagnosticado como esquizofrénico catatónico, y sin hablar inglés, se dedicó el resto de su vida a elaborar meticulosos dibujos, los cuales fueron redescubiertos y exhibidos en el American Folk Art Museum de Nueva York en el 2007. El de Ramírez se trata de un secreto triple: el misterio de la identidad de este hombre a quien el arte contemporáneo apenas comienza a reconocer, la duda en torno al mensaje de su obra, y la pregunta: ¿verdaderamente estaba loco?

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Sin Título, Martín Ramírez, Auburn, California, c. 1954, lápices de colores, grafito, acuarela y crayola sobre papel. Solomon R. Guggenheim Museum, Nueva York

La institución psiquiátrica es por definición un espacio de exclusión, el espacio perfecto donde gestar la secrecía; cualquier cosa creada en su interior se unge de secreto. Como el Hôspital Général de París descrito por Foucault, el manicomio de la Gran Depresión en Estados Unidos “no era un establecimiento médico. Era más bien una suerte de estructura semijudicial, una entidad administrativa que, a la par de poderes ya constituidos, y fuera de las cortes, decide, juzga y ejecuta… una soberanía cuasi-absoluta, una jurisdicción sin apelación… entre la policía y las cortes, al límite de la ley: un tercer orden de represión.” Tal fue el contexto donde Martín, tras ser aprehendido por vagar perdido en las calles, se dedicó años a esconderse bajo la mesa a dibujar con crayolas derretidas y su saliva tuberculosa. En el proceso creó algunas de las imágenes más sorprendentes del siglo.

Como institución total, el manicomio se convierte en productor de verdades inventadas. Si el paciente dice que no está loco, es evidencia suficiente de que sí lo debe estar. Un diagnóstico es una sentencia, y ante tal poder, no queda más que callar. Y eso fue lo que Martín Ramírez hizo. No habló con nadie, porque no sabía inglés, y así se le diagnosticó como catatónico esquizofrénico. El silencio es fiel acompañante del secreto. El silencio y el secreto se protegen mutuamente, de acuerdo a LeBreton “es secreto lo que sella el silencio”. El silenciamiento intencionado convierte a lo innombrable en secreto, en un espacio inaccesible. El secreto es aquello que se mantiene reservado y oculto, “secernere, recordemos, hace referencia a lo que ha sido separado”, sercenado. Y qué mayor separación que la de un hombre aislado de la sociedad, la imagen del catatónico, del que no habla. El psiquiátrico empuja al límite de la invención, y fue sobre el papel que Ramírez encontró quizás la única forma de revelar lo que llevaba en su interior.

Tarmo Pasto, un profesor de psicología y arte de Sacramento State University descubrió los dibujos de Ramírez en los cincuenta, comenzó a llevarle material de dibujo e, incluso, organizó una exposición de su obra. Pero no fue sino recientemente que se redescubrió el corpus de su obra y se llevó a cabo la retrospectiva en Nueva York. Las circunstancias también llevaron a la revelación de nuevas obras de Ramírez, las cuales llevaban años arrumbadas sobre el refrigerador de la hija del ex director del psiquiátrico DeWitt.

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Sin Título, Patio, Martín Ramírez, marzo 1954. Lápiz de colores y grafito sobre papel, Anthony Petullo Collection of Self-Taught and Outsider Art.

Mucho se ha escrito acerca del significado de la obra de Ramírez, la temática constante de túneles, transiciones, caballos, trenes y migración. Una oposición entre interioridad y exterioridad prevalece como constante. El decir y el callar. Tal como Hélène Cixous escribe, Ramírez dibujaba: “de inmediato, en el extremo entre el día y la noche, justo antes de la muerte, ‘abreviado para que no se entienda’, ¿para que no lo entienda quién? La persona que va a leer el mensaje escrito… No debe decirse! Que nadie lo sepa! Es el secreto”. La oposición del hablar y el silenciar, para mantener en el interior, sólo dejar salir un poco, entre líneas, el secreto. Pero “¿secreto para quién? ¿Secreto escondido de quién?… El secreto anunciado pero no revelado. Instantáneo. Escrito no para que sea leído. Sino para haber sido escrito.”

Más sobre Martín Ramírez:

http://www.folkartmuseum.org/index.php?id=1805

http://www.mam.org/ramirez/

http://www.nytimes.com/2007/01/21/arts/design/21shattuck.html?_r=1

Fuentes:

Michel Foucault, Madness and civilization: a history of insanity in the Age of Reason.

Hélène Cixous, The Hélène Cixous Reader, Susan Sellers (ed.).

David LeBretón, El Silencio.

Marina Álamo Bryan

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