Retratos burocráticos I
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Retratos burocráticos I
Blog | El Ojo Voraz | Marina Álamo Bryan | 08.12.2009 | 0 Comentarios

Dicen algunos que Damián Ortega es uno de los artistas mexicanos más importantes de su generación; para mí es el artista que mejor ha plasmado el impulso burócrata mexicano en una imagen. Por supuesto que éste seguramente no era su propósito, o quizá lo era, pero los artistas siempre tienen el trágico destino de que los espectadores interpretemos su obra de maneras absolutamente dispares a su propia intención. Ni modo por ellos; pero eso sí, indudablemente deben pasarla muy bien y divertirse a montones enterándose de las ideas tan simpáticas que se nos ocurren a los comunes mortales. Así que aquí va mi contribución interpretativa, o más bien, lo que evocó en mí la obra de Ortega Elote Clasificado, gracias a la cual he vuelto a considerar que nuestro sempiterno pasatiempo nacional de ser y sufrir burocráticamente es tema digno de ser analizado.

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El acierto en esta obra de Ortega, a mi parecer, se basa en la figura misma del elote: al ser elemento y totalidad a la vez, evoca la naturaleza primaria del archivo, que es deidad suprema alabada por la burocracia. En el elote observamos un objeto singular, pero también los elementos que lo contienen: los granos. Unidad y pluralidad se sobreponen en un mismo espacio, de idéntica manera un archivo se compone de totalidad y de elementos individuales y singulares que se contienen en ésta. Este espacio de paradoja individual-colectiva es construido interminablemente por la entidad burocrática acumuladora. El elote es al archivo, lo que los granos son a los documentos. En el aparentemente absurdo acto de enumerar la singularidad perdida de los granos, Ortega no sólo reivindica al documento individual, sino que al hacerlo evoca los elementos básicos que componen a la burocracia: la máquina de escribir, la tecla apretada que graba un fragmento de nombre, el cardex, la ficha, el archivero, la carpeta azul pastel, verde ejote, que no elote, aunque el color manila (que para los que como yo se lo preguntaban se llama así porque los productos de este color se producen de abaca, una planta nativa de las Filipinas, cuya capital es Manila) se parece bastante al elote…

En honor a Darwin, cuya magna obra se publicó hace un siglo y medio exactamente, me atrevo a confirmar la veracidad de sus ideas: definitivamente el individuo mejor adaptado es el que sobrevive, y en el caso de la sociedad moderna mexicana, esta competencia natural se plasma en la capacidad o el fracaso para lidiar con la burocracia. Siempre temida, odiada, vilipendiada, pero inevitablemente necesaria, la burocracia es algo ineludible en la existencia mexicana. Parece como si nuestro orden genético se basara en una dualidad fundamental que divide a la población en a) aquellos que padecen de un frenesí inagotable por querer acumular datos, trámites y subsecuente evidencia en papel, y b) aquellos que padecen las colas, refutaciones, y exigencias de los primeros. La mitología del tlacuache (que ahí viene con sus cachivaches), del pepenador convertido en rey, y del burócrata torturador son todos símbolos derivados de la agridulce pasión mexicana por la acumulación. En el caso de los burócratas, esta acumulación se materializa en la institución del archivo. Ellos no lo saben, por supuesto, pero todo su esfuerzo por obtener el papel exacto, la huella digital precisa, la firma adecuada, la grapa en la esquina correcta, todo este esmero existe para garantizar la continua expansión del archivo de la vida nacional, existe para garantizar que el elote siga creciendo.

El elote constituye el símbolo más primario de la base alimenticia de nuestra frágil nación. Es quizás el objeto que por más tiempo nos ha acompañado, tanto que ha evolucionado al lado de nosotros, lo hemos modificado desde sus orígenes, transformándolo desde sus minúsculos inicios como un simple pasto llamado teosintle, hasta convertirlo en un gigante deformado sin el cual parece no podemos vivir.

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La política nacional ha sufrido un proceso similar. La burocracia también. Como homenaje a la nostalgia, pensemos en una sociedad pre-burocrática, es decir, pre-estatal: aquellas que guardaban los sucesos en la memoria colectiva en el acto mismo de platicarlos, donde los cuentos se transmitían de abuelos a nietos en un afán personal y empático por preservar la memoria, una joya pequeña y atesorada. En cambio, la sociedad moderna en su desarticulación se ha volcado hacia la acumulación sin sentido. El estado nació y el archivo le siguió, creciendo hasta adquirir proporciones pantagruélicas, hasta finalmente cristalizar en el panóptico social que se representa literalmente en la prisión convertida en archivo que es el Archivo General de nuestra Nación.

Cuando era niña y mi mamá me llevaba al Seguro Social a esperar horas en la clínica, lo que más me sorprendía era la cantidad de papel meticulosamente organizado en carpetas color pastel que yacían detrás de los escritorios de las enfermeras. Los muebles formaban una línea interminable de trincheras protectoras frente a cada consultorio médico, y detrás de ellos yacían las enfermeras, quienes, me quedaba claro desde tan corta edad, eran más que auxiliares en medicina, ellas eran las máximas protectoras de un secreto bien guardado: el orden. Años después tuve el curioso gusto de visitar uno de los varios Juzgados de Distrito de esta ciudad, ahí montañas tras montañas de fajos interminables de papel —tan gordos que debían ser cosidos y jamás engrapados— clarificaron el significado del adjetivo “kafkiano” en mi mente. Como partícipes, cómplices o víctimas de la burocracia, todos contribuimos a la archivación burocrática de la realidad. Nos hemos convertido en modernos seres que le rinden culto a la huella documental. Tanto el ritual burocrático de la ventanilla como el elote de Ortega representan, en la enumeración obsesiva de las partes, el espíritu básico de la burocracia: la necesidad (veraz o falsa) de ordenar la realidad. Pero, ¿para que? Quizá nadie lo sepa, tal vez sólo los estudiosos que saben ver fuente en lo que el resto del mundo considera basura lo sepan. O tal vez nos guardamos obsesivamente porque le tememos a la muerte y a la desaparición.

Marina Álamo Bryan

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