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Blog | Mutt | Bartolomé Delmar | 04.01.2013 | 0 Comentarios

BartolomeBarra

Hace unos días, Andrés Manuel López Obrador publicó en su cuenta de Twitter: “Anoche, en una junta de los 30 que integra el supremo poder oligárquico, acordaron destituir a Salinas y nombraron como coordinador a Enrique Peña Nieto”.
Muchos de los que tuvimos el acierto, y el error, de estudiar algo relacionado al ámbito de la política lo dejamos olvidado. La complejidad inobjetable de las realidades sociales y su funcionamiento tanto a nivel práctico como teórico fue complicando nuestras visiones del suceder diario a grados difíciles de rebajar a un simple postulado ideológico. Lo que es más, muchos crecimos en un panorama distante al de la Guerra Fría. Fuimos partes generacionales de ese quiebre paradigmático que significó el aparente fin de la Modernidad, el fin de la Historia, y nos hemos visto salpicados desde entonces por esa totalidad ambigua, sustancial y vacía llamada “Posmodernidad”. Al menos, eso es lo que espero de mis contemporáneos.

Por eso fue para mí extraordinariamente simpático (y no por eso signo de ingenuidad) que un querido amigo, de inteligencias intimidantes, me preguntara un buen día si yo era un hombre de izquierda. Si bien E (le llamaremos así, como si se tratara de un caso freudiano) y yo nunca habíamos discutido nada cercano a lo político, y nunca había visto en él acción proselitista alguna, lo admiro tanto y respeto lo que cruza su cabeza con tal determinación que decidí darle una respuesta sincera y digna de su estatura. Eso sí, traté de apegarme a esas viejas costumbres argumentativas de identificar una u otra postura como propia de “la izquierda” o de “la derecha”, todo en pos de definirme como miembro gangsteril de uno u otro bando.

A le E respondí que, en lo económico y social, me consideraba un liberal. Que creía en el libre mercado, en la responsabilidad macroeconómica, en las finanzas sanas y en un cuidado estricto del despilfarro gubernamental. Que muchas políticas “sociales” me parecían engañosas e inútiles, que las instituciones debían ser foros para facilitar el empoderamiento personal más que aparatos de restricción legal y que no había época más sana para la producción mundial que la del intercambio y la buena regulación de las industrias internacionales.
Que, si bien era un conservador dudoso de algunas de sus posturas (la idea de la legalización del aborto, por ejemplo, me puede incomodar bastante), no podía permitir al gobierno regular algunos asuntos (como el citado de la interrupción del embarazo) mientras apoyara la desregulación de otros (como las drogas, las armas, la prostitución, las cosechas o lo que comemos), y que las intervenciones bélicas en el extranjero, por mero rechazo a la necedad, me parecían siempre reprobables.

Sin embargo, dejé en claro al buen E que estas posturas, si bien congruentes en muchos casos con las vertientes del liberalismo en su definición más formal y académica, eran medidas a lo largo y ancho del mundo con varas distintas: con mucha de la “izquierda” mexicana, por ejemplo, yo comulgaría en algunos aspectos de lo social, mientras que en lo económico sería acusado de ser un vil “cachorro de los imperios”. En los Estados Unidos podría ser un miembro activo del Partido Republicano original, pero mis laxas posturas ante aspectos chocantes para el conservadurismo religioso harían que muchas de sus alas recientes me expulsaran de inmediato.
Expresé aquel día a E, que tantos años de pensar y discutir sobre estos temas me llevaron a una reflexión: por razones distintas, la naturaleza retórica de la izquierda había logrado que sus estandartes ideológicos quedaran siempre como sueños arruinados por las clases poderosas, mientras que las cruentas realidades vividas, esas sí, eran las realidades de la derecha o el liberalismo.

Todo héroe martirizado a lo largo de la historia era capturado por las izquierdas como rostro de su promesa perpetua (de Francisco de Asís a Emiliano Zapata), mientras que toda figura asociada a lo tiránico y lo corrupto (el diablo en el fin de la Historia está vívidamente representado por George W. Bush y Dick Cheney) era pieza integral de la cúpula socioeconómica.
Pero lo cierto, dije a E, era que las partituras de la ideología habían sido negadas ya por los entes más pensantes por una razón muy específica: en cada caso, para izquierda y derecha, las cosmovisiones eran ideales hasta que se llevaban a cabo. Nunca habíamos disfrutado de un gobierno verdaderamente liberal ni verdaderamente socialista. Para cada Francisco de Asís había un líder sindical nocivo como el cáncer, y para cada Eisenhower había un empresario exento de su responsabilidad social. A la izquierda pesaban los engaños demagógicos de Hugo Chávez y Martí Batres, y al liberalismo las corruptelas imperdonables de la tecnocracia latinoamericana y Wall Street.
No hay utilidad en las corrientes ideológicas más allá de su capacidad crítica por hacer mejores preguntas y/o mejores supuestos de la realidad. Pero, en su carácter asumido (es decir, cuando pasan de la teoría al proselitismo) no hay esta condición de cuestionamiento y lo político entonces se piensa como un maniqueísmo ridículo y listo para la manipulación de sus líderes. De izquierda o de derecha, esa es la realidad.

Hace unos días, Andrés Manuel López Obrador publicó en su cuenta de Twitter: “Anoche, en una junta de los 30 que integra el supremo poder oligárquico, acordaron destituir a Salinas y nombraron como coordinador a Enrique Peña Nieto”.
Ojalá así de sencilla fuera toda la realidad.

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