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Tras los pasos del Chapo
Blog | Norteando | Patrick Corcoran | 21.08.2012 | 0 Comentarios

PatrickCorcoran

El reporte de Proceso sobre el plan estadounidense de atacar el escondite de Chapo Guzmán logró picar la atención de todos los que ponemos atención a este asunto, por razones obvias. Tal como le hicieron a Osama Bin Laden el año pasado, los SEALS de la Armada estadounidense pueden estar preparando un ataque de película para acabar con el mayor narcotraficante en el mundo, y en terreno mexicano. ¡Vaya noticia!

Sin embargo, hay razones para dudar de la seriedad del plan.

Lo más importante es que, al parecer, hay una sola fuente mexicana detrás del artículo, y él se esconde bajo el anonimato. Los autores escriben que “Fuentes militares en México y Estados Unidos confirman la existencia del plan…”, pero no citan ni un solo oficial estadounidense, así que no podemos poner su confirmación en contexto ni saber a qué grado llega. (Es decir, puede ser cierto que se ha discutido, pero lejísimos de ser aprobado.) No identifican ni una sola fuente gabacha, así que es imposible saber si es un personaje de confianza que lo ha confirmado. Identifican al mexicano como parte de la “alta jerarquía”, pero tampoco nos ofrecen pista alguna de su ubicación institucional. Teóricamente, hubiera sido posible llegar a la noticia a través de cualquier coronel que le guarda rencor a Felipe Calderón (que en el artículo sale como el gran proponente del plan). Claro, también es posible que su fuente sea Guillermo Galván, pero sin saber quién es y cuantos eslabones quedan entre él y los protagonistas verdaderos, y sin ver la información confirmada a voz alta por otras fuentes, es imposible poder evaluar su veracidad. El anonimato opaca todo.

Una respuesta es, “Obviamente nadie en el Pentágono va a querer hablar con Proceso”. Quizá, pero la verdad es que lo dudo. Muchos mandos militares y asesores en temas de seguridad nacional se caracterizan por cautelosos y aversos al riesgo. Seguramente, la consideración seria de un operativo arriesgado en un ámbito donde no hay ni una gota de conocimiento institucional habría despertado esta precaución entre los funcionarios estadounidenses. La carrera del periodista Seymour Hersh demuestra que, cuando estos personajes perciben políticas peligrosamente imprudentes, no están ajenos a la filtración mediática. (Si quiere un ejemplo, véase este reportaje del 2007, sobre planes secretos de lanzar un ataque contra Irán; pese a ser un tema bastante delicado y clandestino, Hersh logra citar a varias personas distintas.)

De todas formas, las normas periodísticas existen por una razón. Puede que los reporteros hayan descubierto algo muy importante, pero también puede que un solo oficial mexicano con agenda propia esté filtrando información exagerada o hasta falsa. Al publicar una nota tan explosiva, no puede haber ni una duda de que éste último sea el caso. Si eso quiere decir que algunas historias no se publican, ni modo; mejor perder algunas noticias jugosas que arriesgar la publicación de tonterías. No estoy diciendo que lo de Proceso es una tontería, pero la verdad es que en la gran mayoría de los periódicos y revistas de buena reputación, una acusación anónima lanzada por una sola persona no llega a la publicación.

No me sorprendería que existiera un plan en los corredores del Pentágono para lograr tal objetivo, pero hay muchísima distancia entre la existencia de un plan y la realización de un operativo. Existen planes por un sinfín de planes de contingencias improbables, desde un ataque nuclear contra Corea del Norte a una defensa de Polonia de una invasión rusa. Incluso existe un programa para diseñar aves mecánicas capaces de pasar desapercibidos en cualquier rincón del mundo; hay otra que busca elaborar una droga que elimina el sueño sin dormir. Eso no quiere decir que las Fuerzas Armadas están preparando un ataque contra Corea del Norte ni mucho menos que el colibrí afuera de su ventana realmente lleva una cámara conectada al Pentágono.

Mandar los SEALS a México también estaría muy fuera de la tendencia reciente de colaboración bilateral. Los autores correctamente apuntan a la creciente cercanía entre las Fuerzas Armadas de los dos países, pero los líderes estadounidenses no son insensatos a las fricciones históricas ni la amenaza para muchos mexicanos que representa el ejército estadounidense en territorio nacional. (Según Pew, apenas 33 por ciento de los mexicanos aceptarían la llegada de militares estadounidenses a México.) Bien saben que tal operativo pondría en riesgo su posición diplomática en México. Claro, en los dos lados de la frontera hay quienes quieren superar la fricción histórica, pero lo hacen paso a paso, mientras un operativo contra Guzmán de los SEALS representa un gran salto más allá que los precedentes actuales.

Y finalmente, la comparación con Bin Laden tiene relevancia limitada, pues es una situación completamente diferente. Bin Laden vivía permanentemente en una sola casa en Abbottabad, y, con tal de mantenerse escondido, duraba años sin salir. Por eso, los SEALS pudieron construir un modelo de su casa antes de atacar, para saber todos los detalles de lo que se convertiría en el campo de batalla. Conocían la distribución de la casa, la gente que iba a rodear a Bin Laden, quien iba andar armado y quien no, y el tiempo que tenían para realizar el ataque, de principio a fin.

El caso del bandido sinaloense es completamente diferente. Todo lo que se sabe de Guzmán, y de sus antecesores criminales, indica que se mueve de manera constante. Una noche está en San José, Costa Rica, y al día siguiente se cambia para Culiacán, para luego encontrarse en una fiesta en la sierra de Durango. De ubicarlo en una finca serrana a una hora de Badiraguato, el ataque tendría que venir de manera inmediata, sin la posibilidad de preparar detalladamente, como los SEALS hicieron antes del asalto contra Bin Laden. Eso no solamente lo hace más complicado encontrarlo antes de que se fugue, pero aumenta el riesgo a las tropas americanas en caso de lanzar el ataque.

Lo que se describe en Proceso parece una operación muy complicada, en una zona donde las tropas gringas tienen poca experiencia, donde pelearían contra enemigos desconocidos, y donde no existe un riesgo a la seguridad nacional del país. (El artículo se equivoca en decir que los grupos mexicanos son considerados como terroristas por el gobierno estadounidense; no se encuentran dentro de la lista oficial del Departamento de Estado.) Así pues, aplicar el ejemplo de Bin Laden a la caza de Guzmán tan casualmente es una locura.

Por todas las razones anteriores, un ataque de tropas estadounidenses en la sierra de México es casi impensable. Casi.

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