Sunday, 21 December 2014
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Para pensar el bullying y otras ausencias
Blog | Palimpsestos | Antonio Santiago Juárez | 29.10.2012 | 0 Comentarios

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Josef K se encuentran un día bajo arresto en su propio hogar. No podrá salir sino hasta que los representantes del orden le expliquen el proceso abierto en su contra. Los conflictos de la novela son muchos pero los que guían la trama son básicamente dos: 1) nunca se le informa de las causas de su proceso, 2) nadie parece dudar de su culpabilidad. Conforme la historia avanza, vamos siguiendo a un Josef que parece enredarlo todo y queda lejos de comprender que, en las cosas de nuestro mundo, existe una inmensa presión por someterse a la ley aun cuando no se la comprenda. Y ese es justamente el conflicto trágico de nuestro héroe, absoluto desconocimiento de las razones de la norma y su rebeldía contra instituciones que le resultan enigmáticas e injustas. Josef como metáfora de los miles de millones de hombres y mujeres a quienes la ley resulta inexplicable y poco ética, y aún más, para todos aquellos imposibilitados para cruzar sus puertas.

Aquí están mis documentos de identidad (dijo K a los dos agentes).

––¿Y qué nos importan a nosotros? ––gritó ahora el vigilante más alto––. Se está comportando como un niño. ¿Qué quiere usted? ¿Acaso pretende al hablar con nosotros sobre documentos de identidad y sobre órdenes de detención, que su maldito proceso acabe pronto? Somos empleados subalternos, apenas comprendemos algo sobre papeles de identidad … No obstante, somos capaces de comprender que las instancias superiores, a cuyo servicio estamos, antes de disponer una detención como ésta se han informado … El organismo para el que trabajamos, por lo que conozco de él, y sólo conozco los rangos más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la población, sino que, como está establecido en la ley, se ve atraído por la culpa y nos envía a nosotros, a los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde puede cometerse aquí un error?
––No conozco esa ley––dijo K.
––Pues peor para usted––dijo el vigilante.
––Sólo existe en sus cabezas ––dijo K, que quería penetrar en los pensamientos de los vigilantes, de algún modo inclinarlos a su favor o ir ganando terreno. Pero el vigilante se limitó a decir:
––Ya sentirá sus efectos.
Franz se inmiscuyó en la conversación y dijo:
––Mira, Willem, admite que no conoce la ley y, al mismo tiempo, afirma que es inocente.
––Tienes razón, pero no se puede conseguir que comprenda nada ––dijo el otro.

Interpretar el Proceso de K como vislumbre de la declinación de la función del padre en las sociedades modernas no es una tarea sencilla, si bien millones de personas vagan de un lado a otro como personajes kafkianos, como el mismo Josef K lo hizo, o bien como protagonistas de una película de Todd Solondz, culpables, inadaptados, alienados, drogadictos, delincuentes, víctimas de bullying, marginados de sociedades individualistas que exigen demasiado a integrantes rechazados por su falta “de olor”, por ausencia de la posición mantenida por quienes efectivamente detentan lo que la sociedad requiere: un deseo propio. ¿Cómo interpretar así El Proceso, cuando hay quienes encontrarían dicha interpretación absolutamente ilegítima? Las propias elucidaciones de Freud resultan molestas a los defensores de la autonomía del arte infranqueable a cualquier intento de comprensión.

Susan Sontag lo dejó claro en su ensayo Contra la interpretación, para quien en la mayoría de los ejemplos, la misma supone una hipócrita negativa a dejar sola la obra de arte. “El arte verdadero tiene el poder de ponernos nerviosos. Al reducir la obra a su contenido para luego interpretarlo, la domesticamos”. Yendo más allá, Sontag ejemplifica la interpretación que nunca debe realizarse citando las construidas sobre la obra de Kafka: Quienes lo leen como alegoría social verían en sus escritos ejemplos de la insensatez de la burocracia moderna y su expresión definitiva en el estado totalitario. Quienes lo hacen como alegoría psicoanalítica encuentran desesperadas revelaciones del temor hacia su padre, angustias de castración. Quienes leen a Kafka como alegoría religiosa explican su intento de ganarse el acceso al cielo; que Josef K., en El proceso, es juzgado por la inexorable y misteriosa justicia de Dios …

A pesar de lo anterior, esta autora afirma un tipo de interpretación posible: la crítica que proporciona una descripción certera, aguda, amorosa, de la aparición de una obra de arte, ensayos que revelen su superficie sensual sin enlodarla … la transparencia que supone experimentar la luminosidad del objeto en sí, las cosas como son.

Yo no se qué tanto mi interpretación de El Proceso como vislumbre del padecimiento posmoderno resulta transparente, pero amorosa sin duda lo es. Josef K es ejemplo del hombre (o de la mujer) a quien se le dificulta entrar por las puertas de la ley. El Proceso como una metáfora del nuevo malestar de la cultura, el experimentado por individuos en todo el mundo al ir cargando su depresión y sus neurosis porque la humanidad se encuentra dividida en dos partes: por un lado, quienes han hecho suya la ley y se han dado un lugar (así sea al pelear como integrantes frívolos de los mercados), y los otros, los que no entienden cómo se logra, outsiders solitarios y amedrentados.

¿Qué debe hacer la sociedad a este respecto? O bien deja el problema como está (el hombre es el lobo del hombre y la vida no es justa) o bien realiza intervenciones para rescatar a individuos extraviados. Y ¿cuál es el origen del problema? Psicoanalistas, sociólogos y filósofos lo han denominado como “declinación de la función paterna”, concepto relacionado con la aventura posmoderna.

A mí, esas filosofías siempre me habían parecido catastrofistas y exageradas porque, ¿acaso no es una buena noticia el que todas esas narraciones (religiones, filosofías, marxismos) incluida la de la razón absoluta que sirvió de base a gobiernos totalitarios, sean incapaces de imponerse por la fuerza? Es una buena nueva en la medida en que el estrépito con que caen los viejos castillos de naipes no afecten la salud del individuo.

Lamentablemente lo hacen. Y no sólo en cuanto a que en su ausencia se nos abandona a la angustia existencial ––la muerte siempre está por detrás, inexorable fondo de tinieblas, de las pasiones del hombre–– sino porque muchos parecen abrazar la idea de que “todo se encuentra permitido”. Lo hacen puesto que de alguna forma la incertidumbre se vincula a la dificultad para normar sujetos en la ley. Lo que en definitiva tendría que mostrarse es, cómo puede coexistir la inexistencia de discursos irrefutables con sujetos posibilitados para la felicidad. El problema de la declinación de la función paterna es precisamente el de la ausencia de una adecuada socialización de la ley del individuo en las familias.

¿Qué síntomas hallo en Josef K del mal posmoderno? No sólo es su histrionismo y sus ideas melodramáticas. Resulta incapaz de vincularse con aquellos que podrían auxiliarle. El episodio final en la catedral, su conversación con el sacerdote sobre la metáfora de la entrada por las puertas de la Ley nos brinda la clave: K no es un hombre. Es un niño y trata de cubrir las apariencias. Los restantes personajes se lo reclaman todo el tiempo y él no encuentra padre alguno que pueda auxiliarle. No sabe que lo necesita. ¿Cómo puede una sociedad como la nuestra evitar que sus integrantes tengan el fin de Josef K?

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