Mircoles, 17 Septiembre 2014
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Blog | Palimpsestos | Antonio Santiago Juárez | 08.03.2012 | 0 Comentarios

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¿Existe la naturaleza femenina? ¿Tienen las mujeres una esencia particular distinta?

Podría decirse que la historia del feminismo y de la emancipación de las mujeres va de la mano de las respuestas que se han dado a tales preguntas. Freud pensaba que no existía una sexualidad femenina exclusiva sino que esta se alcanzaba a partir de una negación: tanto mujeres como hombres partirían de un mismo deseo sexual respecto del cual se diferenciarán más tarde —deseo que identificó como masculino.

La niña, ignorante de la existencia de su vagina, viviría el complejo de castración de forma distinta al varón. Como tal complejo no es sino el descubrimiento y aceptación de la muerte como destino y la consecuente separación de la madre como idea de totalidad y salvación, madurar significa abandonar la ilusión que desde el nacimiento une a la madre. Para lograrlo resulta necesaria la figura de un padre que separe a la niña o al niño de la misma: sea de un modo u otro morirás, no hay completitud que valga.

A la fantasía de casarse con la madre —unirse, salvarse con la Diosa— la ley encarnada en la figura paterna brinda al niño la alternativa de encontrar una mujer distinta y la posibilidad de perpetuarse mediante la descendencia. La niña vive igualmente este deseo de unidad, si bien lo sustituye por el de tener un hijo del padre —lo que simbolizaría, para Freud, la famosa envidia del pene: para que la pequeña pueda ser mujer, tendrá que renunciar al órgano masculino y a la satisfacción sexual propia del hombre. Dicho drama fue retratado de manera excepcional por Sabina Berman en su obra “Feliz nuevo siglo Doktor Freud”.

De acuerdo a Élisabeth Roudinesco, a pesar de las críticas que más tarde se le hicieron y de sus evidentes aberraciones teóricas, la virtud del esquema freudiano es que permitió separar la sexualidad de hombres y mujeres respecto de una pretendida “naturaleza sexual”. Ésta no existe, como tampoco un instinto materno o una raza femenina. De aceptar la existencia de tal naturaleza estaríamos más cerca de creer que el lugar secundario que se ha dado a la mujer en la historia es el correcto, sancionado por Dios y por sus religiones. Así, al retomar las discusiones sobre la especificidad femenina y escribir El segundo sexo, Simone de Beauvoir defendió una diferencia radical entre hombres y mujeres basada ya no en la naturaleza sino en la cultura. “No se nace mujer, se llega a serlo”. Pero, ¿quién sanciona lo que es ser mujer y lo que no?

El problema de pensar en una diferencia radical es que nos devuelve al problema de si esta es necesaria más allá de lo anatómico. ¿Hay una esencia femenina que sea propia de la mujer? ¿Esta es por fuerza algo distinto al hombre?

Porque si la feminidad radica en que las mujeres sean más cariñosas, más emotivas, o más receptivas, la mesa está puesta para que se les siga destinando a las tareas que han cumplido históricamente: hacerse cargo de las familias, de los cuidados de los enfermos y de las tareas del hogar.

Por fortuna, las posturas por las que se han decantado las sociedades más adelantadas en el cumplimiento de los derechos humanos, tienden hacia una redistribución de las tareas y de las cargas por igual. El que se brinde a los trabajadores varones hasta medio año de incapacidad por el nacimiento de un hijo es prueba de ello: la feminidad sería algo que no queda en consecuencia del lado de las mujeres, sino que tiende a redistribuirse. Cada vez más familias se reparten el cuidado de los hijos de manera equilibrada o simplemente invierten los papeles: en muchos casos son las mujeres quienes brindan el sustento principal para el mantenimiento del hogar y son los hombres quienes se hacen cargo del cuidado de los hijos.

Jung mostró cómo hombres y mujeres llevamos en el alma las energías del animus y el anima y es la cultura la encargada de dosificar el despertar de ambos polos de acuerdo a las tradiciones de un pueblo. Lo femenino en el hombre y en la mujer es el camino hacia lo más profundo y para hallarlo, en muchas ocasiones el hombre buscará una mujer que le guíe en este viaje —si no es que lo descubre por sí mismo. La mujer, por el contrario, muchas veces lo encuentra desde la infancia, al observar el modelo de la madre. La feminidad, en consecuencia, podría verse como una energía, como una fuerza que se encuentra en todos los seres humanos y que conduce hacia los misterios más profundos de la humanidad.

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