Saturday, 20 December 2014
Artículos relacionados
Nombrar a los muertos
Blog | Optográfica | Helena Okón | 30.06.2011 | 0 Comentarios

BarraBio-Okon

La gente calla el nombre de sus muertos por miedo. Por miedo a que la muerte que está tan cerca los escuche llamarla de vuelta. El pueblo Lengua, decía James Frazer en su clásico La Rama Dorada, cambiaba el nombre de los que sobrevivían a los muertos porque “dicen que la Muerte ha estado entre ellos y se ha llevado consigo una lista de los vivos, y pronto volverá por más víctimas”. Con su nueva identidad, los Lengua creían que la Muerte no los podría identificar al volver, y así, cada deceso era para los miembros del grupo un nuevo bautizo y un olvidar el nombre del muerto.

En México parece que lleváramos años convirtiéndonos en Lenguas. Si bien reconocemos la existencia de los muertos de la llamada guerra contra el narcotráfico, miles de los 40,000 contados en los últimos años y los 18,000 desaparecidos que calcula la Comisión Nacional de Derechos Humanos permanecen aún sin ser nombrados. Menos nombre tienen los muertos que siguen bajo la tierra, sin ser descubiertos, menos los abandonados en la morgue porque no hay sistemas para identificarlos, porque no hay listado oficial de desaparecidos. Pero todos esos sin-nombre lo tuvieron en vida, y lo siguen teniendo en la memoria de los que los conocieron y ahora los extrañan y saben, o no saben aún, que no han de volver.

Igual que los Lengua, pero con consecuencias más literales, en México la gente tiene miedo de nombrar a sus muertos por temor a que la Muerte los visite después. Nombrar al difunto es un acto de valentía que va contra el instinto de supervivencia. Denunciar la desaparición de un familiar es invitar a la amenaza, al reino de la impunidad, es abrirle la puerta a la frustración. Los periódicos mencionan cuerpos, no nombres, no personas. No se cuentan las historias y las vidas de los que aparecen anónimos y sin vida, las voces de sus historias guardadas entre los susurros de familias, su anonimato utilizado en nombre de la seguridad.

Lo más interesante de la prohibición de mencionar el nombre de los muertos es que para poder cumplirla, todos los miembros de la sociedad deben recordar con firmeza el nombre que no debe ser mencionado, pues se tiene que recordar lo que no se puede decir. Si la memoria sacraliza la remembranza, la omisión lo hace más aún, aunque de manera inadvertida. La prohibición del nombre asegura que todos los sobrevivientes recuerden constantemente al muerto, garantizando que la herida jamás cierre para volverse al menos cicatriz. En nuestro país hemos vivido los últimos años con plena conciencia del incremento de muertes, pero bajo la prohibición de mencionar a los muertos por nombre y sin conocer sus historias y las circunstancias de sus muertes.

La imposibilidad de mencionar y conocer el nombre de cada muerto se ha cristalizado en la abstracta cifra de 40,000. Son tantos, que si no tenemos el propio, es difícil conocer sus nombres. El efecto es que como en otros casos históricos de muertes masivas, para la sociedad en general, los nombres se han perdido y las muertes se han unificado en una masa anónima convertida en cifra simbólica, que si verdaderamente correspondiera con la realidad, sería un marcador como de segundero, avanzando, 40.000, 40.001, 40.002, 40.003, 40.004, 40.005…

El pueblo Mbayá de Paraguay también cambiaba el nombre a todos los miembros de la tribu cuando alguien moría. Pero yo argumentaría que no por miedo, sino porque tan importante resultaba la muerte de un miembro dentro de un grupo social pequeño, que el mundo entero a su alrededor se transformaba. La muerte ahí pesaba tanto que si el nombre del muerto asemejaba la palabra usada para designar “piedra”, entonces las piedras tenían que ser llamadas con otro nombre a partir de su muerte. El lenguaje podía así cambiar con el fin de cada vida, dejando una marca de la pérdida en el acontecer diario de cada miembro de la comunidad. Si en México midiésemos las muertes con nuestro propio lenguaje, pronto nos quedaríamos sin palabras con qué describirla. Se ha construido la ilusión de que la muerte le cuesta sólo a unos pocos, que los muertos son todos delincuentes, que este terror afecta únicamente a algunas zonas del país. La mayoría no entiende que estos muertos son de todos nosotros, sean quienes sean, toda muerte afecta a la nación entera. Estos son los muertos de todos.

Tal vez deberíamos de implementar la regla de cambiarle de nombre a las cosas cada que alguien sea asesinado. Quizás cambiarle el nombre a 40,000 ciudades, o a 40,000 niños cada tanto tiempo asegure que nos acordaremos siempre del costo humano de las decisiones políticas más necias del siglo. Tal vez así nos costaría cada muerte a todos, y no solo a unos cuantos. Si cada vez que quisiéramos decir “flor” tuviéramos todos que cambiar a“frijol”, entonces lograríamos enfocar nuestra atención en aquella Flor asesinada. Entenderíamos las circunstancia única de cada víctima, comprenderíamos que era alguien que tenía un nombre, alguien como nosotros, que pudimos haber sido los muertos tú o yo si hubiéramos nacido bajo circunstancias distintas.

Tenemos la obligación civil de reconocer las dimensiones del fenómeno que vivimos actualmente en el país. Debemos encontrar la forma de obligarnos a comenzar el proceso de reconciliación por el que tendremos que pasar tarde o temprano. El principio de este proceso, por el cual han pasado otras naciones antes que nosotros—Argentina, Chile, Ruanda, Sudáfrica—comienza con la enumeración de nuestros muertos. En la cifra final habrá víctimas y victimarios enredados en un torbellino de decesos donde la constante será que el valor de la vida ha casi desaparecido en nuestro país. Pero antes de asignar culpables la sociedad tiene la responsabilidad de enlistar y darle nombre a sus muertos, de conocer la circunstancia de sus decesos, para solo después poder comenzar a hablar de justicia.

Conocer el nombre y la vida de cada muerto volverá significativa la pérdida para la sociedad en general. Aún si no tenemos un muerto cercano, debemos conocer la historia de los ajenos. Sólo al entender que la herida es de todos, podremos comenzar a sanarla. Tenemos que respetar una forma de luto nacional para restaurar la dignidad que se le arrancó de tajo a nuestra sociedad y poder pasar a la reconciliación. Para lograrlo tenemos la responsabilidad de nombrar a nuestros muertos, de no dejarlos permanecer como la amalgama de una cifra, que por más símbolo que ahora sea, no es más que eso, un símbolo que no corresponde con una realidad cuyo dolor es imposible de entender con números.

Dejar un comentario



Likes para el suicidio
    Tuvo miles de likes. ¿No lo habría querido así ella? Porque si anuncias tu suicidio en la red debes prever que algunos pondrán “me gusta”. Pero al ver su foto no deja de inundarme una tristeza abismada y siento aquella cosa en la boca del estómago. Aun tratándose de un anuncio personalísimo su […]
Narcotráfico y cambio cultural
    Hace unos días, platicando sobre la grave erosión del tejido social causada por décadas de abandono gubernamental, migración de padres de familia y explotación de mujeres maquiladoras del norte del país, una amiga me daba a entender que no podía hacerse ya nada con las generaciones perdidas en la delincuencia organizada sino abatirlas. […]
Ricardo, in memoriam
Recuerdo que me encontré con las horas de película con mucho asombro, con mucho dolor, con una intensidad que en pocos momentos de mi vida he podido replicar (y ahí es donde se cuentan los muertos) y todo gracias a la dureza, crudeza más bien, de su mensaje: Adiós A Las Vegas me dejó en […]
Marca de tinta sobre papel
En esta época, donde el hartazgo en torno a la discusión sobre si desaparecerán los libros físicos o no ha superado, por mucho, a la discusión misma, parecería necedad retomar cualquier elemento de ella. Sin embargo, quisiear apuntar un detalle ínfimo, pero crucial, que toca muchas veces a la discusión: la interacción física que resulta […]
Foto rayada: la tachadura como mácula
Existe un sin fin de razones para querer tachar, magullar y destrozar una fotografía. Todos hemos sido adolescentes. Todos hemos perdido un amor que añoramos, tuvimos y nos vimos perder. Yo sólo he quemado la fotografía de un hombre en mi vida, y ni siquiera fue uno de los importantes. Durante mi breve carrera como […]
Más leídos
Más comentados
Los grandes problemas actuales de México (42.868)
...

La distribución del ingreso en México (15.552)
...

Jóvenes que no estudian ni trabajan: ¿Cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿qué hacer?1 (14.006)
...

¿Por qué es un problema la lectura? (9.060)
Desarrollar el gusto por la lectura no es cuestión meramente de voluntad individual. El interés por los libros aparece sólo en ciertas circunstancias.

Planes a futuro. (Cuento radiofónico) (5.622)
...

Presunto culpable: ¿Por qué nuestro sistema de justicia condena inocentes de forma rutinaria?
Bas­tan­te han es­cri­to y di­cho ter­ce­ros so­bre Pre­sun­to cul­pa­ble....

Los grandes problemas actuales de México
Se dice que el país está sobrediagnosticado, pero en plenas campañas y ante...

I7P5N: la fórmula
Homenaje al ipn con motivo de su 75 aniversario, este ensayo es también una...

China – EUA. ¿Nuevo escenario bipolar?
No hace mucho que regresé de viaje del continente asiático, con el propósito...

La sofocracia y la política científica
Con el cambio de Gobierno, se han escuchado voces que proponen la creación...

1
Foro de Indicadores
Adjudicación directa: ¿excepción que se vuelve norma?
Eduardo Bohórquez y Rafael García Aceves

Debates que concluyen antes de iniciarse
El proceso legislativo reciente y sus números

Eduardo Bohórquez y Javier Berain

Factofilia: Programas sociales y pobreza, ¿existe relación?
Eduardo Bohórquez y Paola Palacios

Migración de México a Estados Unidos, ¿un éxodo en reversa?
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Donar no es deducir, donar es invertir. Las donaciones en el marco de la reforma fiscal
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Impuestos, gasto público y confianza, ¿una relación improbable?
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Los titanes mundiales del petróleo y el gas
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

La pobreza en perspectiva histórica ¿Veinte años no son nada?
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

La firme marcha de la desigualdad
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Factofilia. 2015: hacia una nueva agenda global de desarrollo
Roberto Castellanos y Eduardo Bohórquez

¿Qué medimos en la lucha contra el hambre?
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Bicicletas, autos eléctricos y oficinas-hotel. El verdadero umbral del siglo XXI
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Parquímetros y franeleros: de cómo diez pesitos se convierten en tres mil millones de pesos
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Factofilia: Una radiografía de la desigualdad en México
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos

Factofilia: Más allá de la partícula divina
Eduardo Bohórquez y Roberto Castellanos