Martes, 30 Septiembre 2014
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Reflexiones sobre la Pantalla Monumental
Blog | Ana María Henríquez | 11.06.2010 | 1 Comentario

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El 5 de mayo asistí a la presentación de la Pantalla Monumental, producto mediático con el que se puede asumir que inician de manera oficial las celebraciones del Bicentenario-Centenario. Hay muy poco que decir de la patente desorganización del evento: se giraron muchas más invitaciones de lo que se debió, los invitados pertenecían a categorías indicadas por brazaletes de colores (blanco y azul para realeza —dependiendo si eran grandes de España o nobles menores— y verde para los mortales) y los peor calificados hicieron una cola de horas que terminó en una cantidad notable de personas fuera del área donde se podía apreciar la proyección en su totalidad. Como el discurso del presidente fue más que irrelevante, continuaré describiendo la tecnología: el Mural es una pantalla de cien metros de largo y once de altura sobre la que seis proyectores construyen una imagen, acompañada de sonido cuadrafónico y de erupciones de fuego, fuegos artificiales y papelitos metálicos tricolores (esto último le mereció el peregrino adjetivo de espectáculo multimedia). En realidad, excepto por la monumentalidad de la pantalla —“la más grande de latinoamérica”, se enfatizó con el recelo de los pequeños—, no hay nada nuevo: el uso de varios proyectores es tan viejo como el Napoleón de Abel Gance (1927), donde se usaban tres proyectores y el sonido cuadrafónico —o la tecnología derivada de ello— se utiliza desde los setenta.

Es mucho más interesante la película. Como repaso de la historia de México es obvia si uno creció conociendo el esquema ideológico priista, pero hay sorpresas; como trabajo visual es notable.

En la narrativa priista hay una sucesión de pueblos que se sustituyen desde el génesis del Popol Vuh, pasando por los olmecas, hasta México-Tenochtitlán; llegan los españoles; aparecen por generación espontánea los primeros “mexicanos” ilustres (Sor Juana y Alarcón); México se hace independiente; los gringos —¡que ardan en el infierno!— se llevan la mitad del territorio y la injusticia social lleva a la Revolución. Sin embargo, en el video también los españoles conquistan Tenochtitlán con indígenas de su lado; Nueva España existe aunque sea como una sucesión de retablos barrocos y de joyas coloniales; aparecen el movimiento estudiantil de 1968, las cuadrillas ciudadanas de rescate tras el temblor de 1985 y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, con un close-up clarísimo a Marcos —muestra de su fracaso rotundo: ya es parte de la historia oficial promovida por la derecha. Es natural que después de la Revolución la narrativa del documental se entorpezca porque ya no hay un vínculo argumental claro en la historia mexicana: como la Revolución cumplió su cometido sólo quedan el cine de la Época de Oro, las luchas, el Chapulín Colorado y los eventos ya descritos, cuya marca está presente en cualquier mexicano. Como sea, no se puede dejar de notar que excepto por la aparición del ezln la narrativa es notablemente centralista: desde Tenochtitlán hasta el temblor del 85 lo único que no sucede en la capital es el desprendimiento de los territorios del norte y la revuelta chiapaneca.

El video es notable por la calidad de la animación y los elementos icónicos con que se construye. Se recurre a una rica gama de imágenes que resultan pertinentes en cada periodo: glifos prehispánicos, los retablos barrocos, los mundos de los muralistas y, hay una increíble aparición de las monografías que —al menos quienes crecimos en los ochenta— recortábamos para reconocer las caras del los héroes de la Independencia. La animación y las imágenes siguen siendo notables aún cuando el discurso se tiñe de la sensiblería más ñoña. Cuando se acaba la historia, nuestro único vínculo real por ser una narrativa pensada para unificar desde el centro —como ya dije— sólo queda Pepe Aguilar cantando México lindo y querido y una versión todavía más larga y todavía más miserable de los anuncios de “Eres México / Doscientos años de orgullo” donde se nos recuerda que eres las llantas de tu tía la tamalera chapoteando en caldo de humano en Acapulco, eres tu hermano que se metió de narco y le pudo comprar una mansión a tu mamacita santa y eres el habla del híjole que es distinta del órale y de distingue del ándale —este último ejemplo, cursi y nada divertido, es el que parafrasea lo que sí dice el video—. Me llama la atención la aparición de México lindo y querido y el “que digan que estoy dormido / y que me traigan aquí” me hace pensar en su nula vigencia: nos sobran ejemplos entre la gente que prefiere morir, y sobre todo vivir, en algún pueblucho de Utah. Por otro lado, el “Eres México” acompañado de una serie de fotos —con curaduría impresionante, eso sí— que celebran la diversidad mexicana da al traste con todo el discurso unificador: al final México es un país muy diverso en el que muy poco tienen que ver los vénetos de Chipilo con los huaves. No es evidente, pero la contradicción de las fotos con la narrativa posrevolucionaria deja en claro que necesitamos imaginación para seguir contando nuestra historia, ya no digamos para forjarla con más provecho después de haberla mirado seriamente.

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