Martes, 28 Octubre 2014
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Mujer apocalíptica renta un DVD o cómo al final todos elegimos lo mismo
Blog | Manzanas Verdes | Abel Muñoz Hénonin | 06.11.2009 | 1 Comentario

pulp

Primero hay que crear al personaje.  Es una mujer y es, como casi todo mundo, público muy constante del cine, tanto en casa como en salas. Tiene una carrera terminada y un buen empleo. Ha viajado, sobre todo a Europa y Estados Unidos. Quizá haya cursado un semestre o un posgrado en el extranjero. Creció en una familia de clase media, informada, con cercanía a las ciencias duras o las matemáticas, y cuyos miembros son aficionados al arte, quizá, sobre todo, a la música y la pintura clásicas. En este momento entra para rentar una película, digamos al Videodromo. No tiene inscripción a Blockbuster, pero renta algo cuando acompaña a alguien suscrito. Cuando va al cine no ve los grandes éxitos porque están conformados de «clichés» —una palabra que le viene fácil a la boca—; cuando ve una película difícil, lenta y concienzuda, usa como juicio sumario que se trata de cine «esnob». Pero volvamos al Videodromo. Está allí y coquetea con la edición que Criterion hizo de Mi tío Antoine (Claude Jutra, 1971). No: se ve muy fuerte. Mejor en otra ocasión. Lo mismo le ha pasado con Fellini y Bergman. Seguro hoy, elegirá, como suele, una película independiente gringa; con suerte una de Kaurismäki —que es básicamente lo mismo, sólo que en finés. Mundos realistas, inteligentes y de fácil acceso donde se siente súper a gusto. Es fanática de Tarantino.

Elegir indies, por supuesto, no es ningún problema. Es un acto común por lo expuesto arriba: son de fácil acceso y, al mismo tiempo, suelen ser inteligentes. Pero elegir indies cuando todo el cine complejo es esnob y todo el cine de gran taquilla es puro cliché —aunque mucho lo sea— habla de un problema epistemológico.

Partamos de los calificativos descalificadores:

  • «Cliché» en principio sería un lugar común inofensivo, un tópico, como decir «cuánto lo siento» en un funeral. Pero la realidad es que, al menos en español, es un término que se ha especializado y designa estereotipos  o ideas utilizadas con tal exceso que se han vuelto banales, en especial en tareas creativas (las artes, la publicidad, etc.).
  • «Esnob» es más difícil de definir. Alguien «esnob» stricto sensu es alguien que se siente superior y juzga a los demás en detrimento. (Dan ganas de pensar que se trata de alguien que se presenta como superior o especial por complejo de inferioridad.) Pero, a menudo, cuando se aplica al arte se refiere a expresiones que parten de búsquedas complejas, sean pretenciosas o no. Así, el adjetivo «esnob» puede convertirse en el ariete que un esnob usa para derruir trabajos que no entiende o que están en códigos con los que no está familiarizado.

En el uso de estos calificativos es que la mujer —que, por cierto, acaba de elegir ver Pulp Fiction una vez más— es apocalíptica. Más que por quejiche porque tiene parámetros interpretativos muy reducidos, y tanto lo que puede interpretar pero le parece plebeyo como lo que no sabe decodificar propiamente le resulta amenazante.  Su problema es epistemológico, pues, por sus habilidades cognitivas dislocadas o truncadas.

Mientras ella saca su credencial de socio y paga la renta podemos darnos cuenta de que mucha, pero mucha gente tomaría decisiones similares a las suyas al rentar una película. Casi todo mundo opta por las películas de géneros que disfruta o películas que tienen que ver con cómo se siente en el momento de rentar o elegir en un multiplex. Y generalmente, el DVD con el que uno termina bajo el brazo es de cine independiente de Estados Unidos. La razón es de mercado: en su mayor parte el cine gringo se hace por compañías pequeñas que pueden cargar con riesgos demasiado caros para las corporaciones mastodónticas, siempre urgidas de recuperar sus inversiones. Además, uno siempre prefiere una película divertida pero no tontísima. Un cinéfilo informado, tomaría decisiones similares en la mayoría de las ocasiones.

La razón para que todo mundo elija cosas similares se deriva de que, desde hace mucho, no hay una distinción clara entre el alta cultura, la cultura popular y la de masas. La creación está interconectada con y alimentada de los tres ámbitos y es difícil situarla en una categoría fija. Sobre todo porque las categorías fijas pertenecen al siglo XIX y dejaron de tener nichos con la aparición de “las masas”, grupos que más que ignorantes tienen una relación nueva con la cultura (es más fácil para un campesino del siglo XXI reconocer a Beethoven de lo que le hubiera sido posible a un obrero del XIX o de principios del XX). La categorización de los fenómenos culturales es un fenómeno occidental, que no se dio, por ejemplo, en Japón, donde por ello la cultura de masas pudo adaptar fácilmente elementos míticos del sintoísmo y del haikú a las películas, los cómics o los programas de televisión, poniendo al día una tradición milenaria.

El otro problema de la cultura occidental es el sofisma de la originalidad del artista —y, por consecuencia, de los pocos sensibles que se sienten movidos por su trabajo—. Se tiene la idea de que un artista es un(a) tipo(a) de sensibilidad excepcional y que consigue revelarnos desde las alturas de su comprensión la verdad de la vida. Por lo tanto, el conocedor es un tipo de sensibilidad excepcional que se distingue de los demás por poderse elevar a las cimas de la belleza y lo absoluto. Total, que estamos ante un asunto de minorías, muy apegadas a lo que hace un siglo se tildaba de burgués. (Y por eso, ahora, tantos años después, se puede entender cuán burgueses era pensadores marxistas como Adorno y Horkheimer.)

Hay quien termina eligiendo lo mismo que todos, pensando que se elige algo especial. Simplemente se termina por reproducir prácticas repetidas, pero con un discurso exclusivista. Reflexionémoslo mientras la chica apocalíptica se dirige a su coche, para recorrer las escasas diez cuadras entre el Videodromo y su casa. Ella ha elegido un ladrillo en la obra de un cineasta que aunque sea un autor está hueco. Lo que sucede con Tarantino es lo mismo que sucede con la mayor parte de las personas que crean: reproduce una tradición distinta de lo popular y de la alta cultura mezclando elementos de ambas. Y es que es muy difícil separar la mezcolanza intermedia, porque es el mundo de donde casi todo se alimenta (por ejemplo, cada vez es más común que los grandes escritores sepan de rock pero no de música de conservatorio). A diferencia de lo que hace años se llamaba “cultura de masas” que es accesible desde el primer contacto,  ahora las expresiones populares —hoy las  llamamos folklóricas— requieren de conocimiento específico para interpretarse correctamente, justo como las “grandes artes”. El canto cardenche está tan lejos del área neutra como el cine de Jonas Mekas, pero siempre se puede partir desde el territorio intermedio para comenzar a familiarizarse con los leguajes de las orillas. Al final, el único camino hacia los extremos menos familiares es una expectación humilde.

Abel Muñoz Hénonin

Una respuesta para “Mujer apocalíptica renta un DVD o cómo al final todos elegimos lo mismo”
  1. E dice:

    Buena ilustración de nuestra condición de espectadores y creadores posmodernos. Las fronteras se funden, la alta cultura se trastoca, los códigos cambian… ¿Cuál será la próxima película que rente nuestra apocalíptica mujer? ¿será que después de ver la peli irá a algún congal de Garibaldi?

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